Recibe GUIMEL reconocimiento de Comunidad Judía

Ciudad de México.- El pasado domingo 10 de abril del 2016 en el Foro de Orgullo Comunitario organizado

Luis Perelman, Presidente Honorario y Co-Fundador de Guimel recibiendo el reconocimiento.

Luis Perelman, Presidente Honorario y Co-Fundador de Guimel recibiendo el reconocimiento.

en conjunto por el Centro Deportivo Israelita y el Comité Central de la

Comunidad judía de México, Guimel recibió un reconocimiento por su labor, junto con otras 96 instituciones comunitarias.

Hubo presentaciones de los distintos programas que realizan estas organizaciones filantrópicas como nuestra Fundación, agradeciendo especialmente a los voluntarios por todo el trabajo y dedicación a las diferentes causas.

En Guimel estamos orgullosos una vez más de pertenecer a un grupo que apoya día con día a personas LGBT, sus familiares y amigos. Asimismo nos honra recibir este reconocimiento que nos motiva a seguir trabajando por una Comunidad y un México más incluyente.

 

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Luis Perelman, Presidente Honorario y Co-Fundador de Guimel recibiendo el reconocimiento.

Parte del equipo Guimel recibiendo el reconocimiento

 

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“No venimos a reclutar a sus hijos ni a causarles confusión”: Alex Aronovich, integrante de GUIMEL

Hace tres años, el 11 de abril 2012, Enlace Judío publicó un artículo que describía las tribulaciones  de una familia, la familia Aronovich,  para aceptar a su hijo gay. En nuestro sitio, la pareja Aronovich explicó cómo lidió con lo que parecía una terrible maldición, logrando salvar su cordura, su pareja, y conservar unida a su familia.Este artículo “sacó del closet” a muchos miembros de la Comunidad que  habían escondido sus preferencias sexuales, por miedo a la mirada de una comunidad cerrada.

Desde entonces, mucho ha sucedido, y el grupo judío de Gays , Lesbianas , Bisexuales y Transexuales ( LGBT) es ya una Asociación Civil.

La Comunidad Judía, a su vez, ya conoce este grupo y detecta su vulnerabilidad. Sigue reflexionando acerca de cómo abrirle ( o no) espacios comunitarios. Pero los “gays judíos” ya no son invisibles.

El hijo de Selma y Pepe Aronovich se llama Alexander. Cuando se realizó la entrevista, Alex se encontraba en Israel, pues había emigrado al Estado judío, donde se encontraba sirviendo en las filas de las Fuerza de Defensa israelíes.

Hoy, Alex volvió a México y, el martes 24 de noviembre, se encontraba dando una plática en el Senado de la República, acerca de los derechos de la minoría LGBT en el Estado de Israel.

Con información de Agencia de Noticias Enlace Judío Mexico

Del miedo al amor – La historia de dos hermanos

Mi nombre es Moisés Sheinberg Frenkel. Comparto con ustedes la siguiente historia con el objetivo de que otros vean que no están solos y de evitar, en la medida de lo posible, sufrimientos innecesarios a otras familias.

No soy muy bueno para las fechas ni tengo muy buena memoria así es que mi relato seguramente será muy impreciso pero lo quiero contar según mis recuerdos, sin recurrir a nadie que pueda sesgarme. El día en que mi único hermano Beto “salió del clóset” fue por ahí de 1992 o 1993. Más que salir del clóset, al pobre lo sacaron casi a la fuerza y eso fue lo que más nos lastimó a todos, especialmente a él.

Yo tenía poco tiempo de casado, uno o dos años, cuando recibí una llamada de mi madre diciendo que a mi papá le habían dejado un papel en su coche, no recuerdo las palabras exactas pero decía algo así como “Beto Sheinberg es homosexual y me robó a mi novio”. notaenparabrisasMi primera reacción fue reírme pero mi mamá lloraba. Le dije a mi madre que no exagere, que seguramente alguien le quería hacer una maldad a mi hermano pero ella me dijo que mi papá lo confrontó y Beto le dijo que era cierto, que sí era gay.

A pesar de que nuestra familia fue siempre muy abierta y tolerante a las diferencias (de religión, de orientación sexual, de raza, etcétera) y de que yo tenía varios amigos abiertamente homo y bisexuales, me quedé helado cuando me enteré, por un tercero, de que mi hermano era gay. Sigue leyendo

Sólo imagina — Relato de una mujer judía

Por Dra. Elisa Levy Tacher

Esta es mi historia pero, por un momento, sólo imagina que eres la típica niña judía. Creciste en el seno de una familia sefaradí, fuiste a una buena escuela judía. Atendiste a una tnuá. Creciste en las colonias Condesa, Narvarte y Del Valle. Tu círculo social y familiar ha permanecido constante durante la mayor parte de tu vida.

Tus problemas familiares varían desde el divorcio de tus padres hasta tiempos económicos difíciles. Entre los años 70s y 80s en tu círculo social, era común tener éste tipo de dificultades, así que, en comparación a otros amigos, tu situación no era crítica.

Imagina que tuviste una niñez y adolescencia llena de cariño. Imagina que eras popular en la escuela. Tu temperamento era fácil y llevadero. Tenías un círculo social sólido y sobre todo en los años adolescentes, fuiste muy feliz. Tu familia, la escuela y la tnuá te proveyeron del apoyo para desarrollarte como una joven inteligente, emprendedora, sana y fuerte. Tuviste la suerte de enamorarte de jóvenes buenos y experimentaste relaciones duraderas. Después de la preparatoria, te fuiste a viajar por Europa y viviste en Israel por un año. Pudiste comparar tu estilo de vida con el de otros jóvenes procedentes de otros países y concluiste que, te había ido bien.

Imagina que tuviste la oportunidad de estudiar en una Universidad privada donde sobresaliste como estudiante y te graduaste como psicóloga. Fuiste muy afortunada de tener increíbles oportunidades para ser exitosa. O sea, la primera licenciada en psicología en la historia de la familia.

Ahora imagina que un día conoces a alguien con quien eres compatible y pasas momentos inolvidables. Sus intereses son similares. Tu deseo de estar con esta persona crece por segundos y al final de la semana, cuando haces un recuento, se han visto diario. Te sientes plena y tu vida está llena de propósito. Las semanas se convierten en meses y la verdad es inevitable. Un día, por fin lo admiten. “¡Esto no es solo una amistad, ay caray, estamos enamoradas!”

Imagina que aunque tu presente es radiante, una nube negra se asoma. Te empiezas a cuestionar. ¿Qué me pasa? ¿Cómo le voy a decir a todos? ¿Qué voy a hacer con mis sueños de ser madre? ¿Ser lesbiana es una aberración? ¿Estoy enferma? ¿Puedo alejarme de esta relación? ¿Me seguirán queriendo a pesar de que amo a esta mujer? ¿Me aceptaran a pesar de que amo a una mujer? ¿Por qué soy así?

Después del cuestionamiento, se asienta el miedo y la paranoia. Imagina que tienes pavor de perder a los que más quieres. Tienes miedo de ser excluida. Tienes miedo del futuro. Fuiste criada con ciertos valores y expectativas que ahora se derrumban.

Entonces, decides que lo mejor es terminarlo todo. Tratas de romper con esta relación que te llena de satisfacción pero, no puedes. El dolor es tan agudo. Lloras por todo y por nada. Los que te aman te extrañan pero, no puedes verles y decirles lo que vives. Te sientes sola y aquella alta estima que tenías de la persona que eras, se desploma. Te culpas de todo lo que ocurre y tu relación con la mujer que amas se ve afectada. Ambas tienen miedo, ambas se sienten solas, desconfían de la gente y se sienten sucias. Ambas se van perdiendo.

Imagina que tu personalidad radiante y llevadera cambia y te vuelves evasiva y sombría. Antes compartías tus experiencias y eras clara con la gente. Ahora, lo callas todo y decides esconderte. Aunque tu relación continúa y la fortaleza de su amor las sostiene, la opresión social es inminente. Eventualmente, esta opresión se vuelve tu nueva realidad. Siempre estas sintiendo que vives una vida esquizofrénica donde por un lado, pretendes ser la mujer judía esperada, por el otro lado, estas con esta mujer que amas pero que nunca podrás presentarle a nadie.

La vida sigue así por años. A tus 28 años muere tu papá. Más eventos sociales donde pretendes ser alguien que no eres. Recibes más deseos de “Novia que te veamos”. Te hacen preguntas. “¿Tienes novio?” Hay otros que mencionan lo obvio…“Pero llevas años sin salir con nadie”. Tú sientes que no encajas, no cabes. ¿Qué respondes?

Tus amigas se han ido casando y están teniendo hijos. Tú deseas lo mismo. Tu sueño es formar una familia. A ninguna le has dicho que eres lesbiana. La idea de perderlas es impensable. Finalmente, la opresión es tremenda y te rompes. Ya no puedes seguir así. Tus relaciones se ven afectadas profundamente y no encuentras las ganas de vivir. Imagina que el dolor te lleva a preferir no estar viva. La posibilidad de terminar con todo es muy atractiva. Piensas que de alguna manera, es lo más fácil. Planeas como hacerlo. En Cancún, visitando a un tío decides que saltar al precipicio sería tan sencillo. ¡Un brinco y ya! Pero, no puedes. No lo haces.

Imagina que, decepcionada por tu cobardía regresas a la casa de tu tío y te desmoronas. Entre sollozos le cuentas todo. Tu tío te abraza y te dice que te ama y que no importa lo que seas. Regresas a México y le cuentas todo a tu madre. Ella se impresiona pero, te dice que no importa y que te ama. Les cuentas todo a tus hermanos y te dicen que no importa y que te aman. Poco a poco les cuentas a tus amigas. Ellas te dicen que te adoran y que no importa. Todos se entristecen al oír tu historia. Muchos te cuestionan… “¿Pero por qué elijes esto?” Tú, no sabes qué contestar. No tienes las respuestas, sólo sabes lo que sientes. No tienes idea. No lo puedes explicar. Para ti, amar a otra mujer es tan natural como lo es el color de tus ojos o tu estatura. Y tal cual, no tienes el control ni para cambiar tu estatura, el color de tus ojos o lo que sientes por esta mujer.

En algún momento, tu realidad se convierte en un problema familiar. Esta situación se tiene que disimular. Esta discriminación no solo te afecta a ti. Hay que pensar en tus hermanos y sus familias. Sobre todo en tus sobrinos. Hay que lidiar con la comunidad. Tu secreto eventualmente se va compartiendo y la gente susurra tu nombre con un adjetivo calificativo que implica aberración. “Elisa la lesbiana.”

Imagina que tu comunidad, la gente con la cual creciste y amaste, es la misma gente que habla de ti despectivamente. Todo lo alcanzado en la infancia y adolescencia no es suficiente para demostrar que eres un individuo de alta calidad. Una ciudadana productiva e impecable, con valores basados en el amor y la lealtad. Entonces te das cuenta de que permanecer en la comunidad es un suicidio social. Así que, discretamente, te sales.

La oportunidad de vivir en otro país se te cruza en el camino y la tomas. Corres, huyes a otro país dejando todo atrás. Tus sobrinos, tu familia, tus amigas, tu México, tu idioma, tu cultura, y tu comunidad.

Imagina que esta típica niña judía es tu hija, tu hermana, tu prima, tu tía, tu amiga, tu madre, o tal vez, eres tú. Esa mujer judía fui yo.

Esta mujer judía no es un objeto, no es un estereotipo, no es algo perverso, no es algo prohibido. Esta mujer judía es alguien que como yo, ahora mismo está sufriendo los efectos de la opresión con la que vive. Como lo fueron mis sueños, los suyos de tener una familia tal vez estén amenazados. Como los míos, sus sueños de vivir una vida plena tal vez se estén derrumbando. Como lo soy yo, esta mujer judía es cautelosa, calculadora, siempre pensando en las consecuencias de sus acciones, temerosa, tal vez deprimida. Piensa en ella desde esta perspectiva y entonces decide. ¿Qué haces? ¿La abandonas o la amas?

Nuestro Babel: La importancia del diálogo en nuestra Comunidad

Por Aslan Cohen.– A los 23 años, el científico inglés Alan Turing logró encontrar la solución a un viejo e irresuelto problema de lógica que se remitía al siglo XVII, y que en pocas palabras se planteaba si era posible reducir la razón humana a un problema de computación. Un poco más tarde, su interés en explorar los límites de los procedimientos automáticos lo llevó a concebir su “máquina universal”, un aparato que por primera vez fue capaz de traducir un código numérico en una instrucción mecánica. Así, con tan sólo 24 años de edad, Alan Turnig había inventado el software. El abstracto trabajo que había hecho en el campo de la lógica lo había llevado a inventar un sistema sin el cual cualquier programa de computación sería imposible —desde un elemental procesador de texto hasta la más sofisticada aplicación como la que me permite ver e identificar las estrellas desde mi Smartphone.

En aquellos días Turing estudiaba en Princeton, Nueva Jersey, donde había viajado para obtener un doctorado en matemáticas. Fue una época fascinante, en la que científicos de la talla de Albert Einstein y John von Neumann se paseaban por los pasillos de la prestigiosa institución. Sin embargo, después de dos años, ya con el posgrado, Turing decidió embarcarse de vuelta a Inglaterra, donde fue reclutado por el gobierno para trabajar en las instalaciones militares de Bletchey Park al inicio de la segunda Guerra Mundial. Ahí logró descifrar el código secreto del ejército nazi, llamado Enigma, y diseñó una máquina apodada “Victoria”, que lo replicaba y traducía automáticamente. Sin lugar a dudas, fue éste “un logro que ayudó a salvar a Inglaterra de la derrota en 1941 y revirtió la corriente de la guerra”.1

Uno habría esperado que se erigiera un monumento reconociendo el heroísmo y las aportaciones de Turing, pero las cosas fueron muy distintas. No sólo su heroica hazaña permaneció en secreto por décadas, sino que nueve años después del fin de la guerra fue acusado de lo que legislación inglesa de la época consideraba, con esas palabras, una “asquerosa indecencia”. Y es que además de ser un joven un tanto desarreglado e introvertido, que disfrutaba de armar rompecabezas, correr largas distancias y reparar de toda clase de mecanismos, Alan Turing era homosexual. Por razones legales, Turing se declaró culpable del cargo y el juez le concedió la libertad condicional con la condición de que se sometiera a un tratamiento hormonal para reducir su libido y ‘curar’ su homosexualidad. Esta castración química no sólo desfiguró su cuerpo, sino que al cabo de un año despedazó su prodigioso intelecto. El 7 de junio de 1954, a los 41 años, Turing envenenó una manzana con cianuro, y al día siguiente la sirvienta encontró el cadáver en la habitación, con la manzana mordida a su lado.

Esta es, por cierto, la historia que está detrás del logotipo de Apple, la marca de la computadora desde la que escribo este artículo, y quizás de la plataforma desde la que usted lo lee. Y aunque hay quien niega que ése sea el verdadero origen del emblema de la empresa,2 nadie duda de que los logros de Turing sean merecedores de semejante homenaje. Sea como sea, creo que el símbolo sirve de recordatorio de las atroces consecuencias de la intolerancia social, de la ceguera de una comunidad que bloquea todo el espectro humano de un individuo y lo reduce a su práctica sexual. Porque para olvidarse del Turing de inteligencia revolucionaria, del Turing valiente y honorable, del Turing que dio un golpe mortal a la bestia nazi, se necesita una cantidad de morbo descomunal —un morbo que, por cierto, en el mundo inglés se disfrazaba de puritanismo y ‘buenas costumbres’.

Este mecanismo que bloquea todo lo que es una persona y ve en ella la encarnación de una cualidad que se juzga despreciable, no es sólo una característica de la homofobia, sino de todos los tipos de discriminación. El racista ve en los negros y los indígenas un color de piel; el machista reduce a las mujeres a un objeto sexual; para el xenófobo, el extranjero existe esencialmente como amenaza; para el clasista, la pobreza es expresión de una propensión natural a la bajeza y la sumisión…

El filósofo judío Emmanuel Levinas, quien logró con éxito introducir la sabiduría del Talmud a la filosofía moderna, dedicó uno de sus libros “a la memoria de los seis millones de judíos que murieron por el mismo odio al otro hombre.” Levinas sabía que todas las formas de intolerancia padecen de la misma ceguera, de la misma tendencia obsesiva a enfocarse en lo distinto. La prueba de esto es que a menudo se trata a la persona discriminada como si fuera una fuente de contagio, portadora de algún peligro, enfermedad o sustancia impura. Los ejemplos, desafortunadamente, parecen ser insensibles al paso del tiempo: van desde la creencia medieval en que los judíos apestaban naturalmente, hasta las declaraciones de los segregacionistas estadounidenses que proclamaban a la raza negra un virus malsano; y apuesto a que hoy todos hemos escuchado a alguien expresar repugnancia por la sola presencia de un homosexual en su campo de visión, y algunos incluso temen al contacto físico con ellos como si se tratara de una violación.

En su último comunicado, Marcos Metta se equivoca al disculparse por haber provocado desacuerdos en nuestra comunidad.3  Se equivoca por la simple razón de que él no los provocó. El tono mismo del enérgico debate que se ha suscitado en los últimos días deja en claro que las diferencias entre miembros de la comunidad estaban ahí mucho antes del 10 de junio. Lo único que causó la presencia del presidente de la comunidad en Guimel fue sacar esos desacuerdos a la luz. Es obvio que la violencia con la que estallaron los desacuerdos —las disputas y rivalidades— es culpa, principalmente, de quienes han divulgado opiniones incendiarias. Pero, en un sentido más profundo, el enojo, la confrontación y el resentimiento que hoy saturan el ambiente son culpa de todos y cada uno de nosotros. No tanto por lo que hayamos dicho en los últimos días, sino justamente por lo que hemos callado en los últimos años. Porque hemos pospuesto el debate por demasiado tiempo, porque hemos antepuesto nuestra propia comodidad a las inquietudes del otro, y porque hemos preferido la felicidad artificial a la discusión genuina.

Por eso, independientemente de nuestra posición en el asunto, me parece que hay que estar agradecidos con que Marcos Metta haya decidido asistir al evento de Guimel. Y es que por fin nos hemos despertado de nuestros fatales sueños solitarios. El episodio de la Torre de Babel muestra que el aislamiento y la soberbia, la incomunicación y el egoísmo, son dos caras de la misma moneda; no hay ahí diferencia entre el pecado (la altivez) y el castigo (la confusión): los miles de idiomas son en realidad miles de hombres hablando consigo mismos. Así que, si algo hay que aprender de esta controversia es que debemos evitar a toda costa volver a la comodidad del silencio anterior.

Las cosas no desaparecen por dejar de hablar de ellas. Tenemos experiencia en el tema: por muchos años el divorcio fue un tabú comunitario, y el resultado era que el costo social de la separación era tan alto, que la pareja estaba dispuesta a entregarse a una vida de infelicidad o violencia antes de romper el matrimonio. Tampoco se hablaba de adicciones, lo que seguramente hacía que el paisaje social se viera muy limpio a la distancia, pero los hogares que tenían un familiar adicto la tenían doblemente difícil: además de tratar con él sin apoyo comunitario, tenían que mantener el problema en secreto para evitar ser devorados por una sociedad prejuiciosa y moralizante.

En el tema de las adicciones hay una anécdota muy ilustrativa para nuestro caso: Hace aproximadamente 25 años, un miembro de la comunidad judía de México, se acercó a su rabino, Eitan Eckstein, con un problema de cocaína; el rabino intentó ayudarlo, pero a la semana siguiente el hombre murió de sobredosis. En el entierro, la pequeña hermana del fallecido se acercó al rabí Eckstein con una carta en la que su hermano rogaba al rabino hacer todo lo posible por que él fuera la última víctima de ese “monstruo blanco”. Entonces, sentando las bases de lo que hoy es Umbral, el rabí Eckstein fundó el grupo Retorno: la primera organización judeo-mexicana para ayudar a personas con problemas de adicciones.

Uno de los primeros esfuerzos de los fundadores de Retorno fue reunirse con líderes de distintas comunidades para fortalecer y dar a conocer su proyecto. Sin embargo, en lugar de encontrarse con el optimismo y la atención que merecían, los jóvenes fueron recibidos con una actitud que oscilaba entre el escepticismo, la negación y el rechazo.4 De hecho, cuando presentaron la idea ante el Ejecutivo del Comité Central, el propio presidente les respondió que el problema de las adicciones “no existe en la comunidad, es una falacia y vuestra preocupación es vana, no llegará a nada”.5

Sentí curiosidad por saber lo que pensaría el rabino Eckstein de las reacciones que ha estado despertando el tema Guimel en la comunidad, así que le llamé por teléfono. Hoy es director deRetorno Internacional, un centro de rehabilitación basado en Beit Hashemesh con una presencia creciente en el mundo judío. “Pasaron 24 años y nada cambió”, me responde, decepcionado, cuando termino de contarle. Aunque está consciente de que las adicciones y la homosexualidad representan problemas muy distintos, le parece lamentable que prevalezca la misma insensibilidad institucional para percibir el dolor que de algunos de nuestros hermanos. Finalmente, las heridas que esa insensibilidad infringe a nuestra sociedad son permanentes.

La Mesa Directiva de Monte Sinaí deja claro en su comunicado del 18 de julio que se opone a cualquier tipo de apertura al tema de la homosexualidad. Es triste, porque como en el caso de las adicciones, no se trata de apertura: se trata de reconocer una realidad y de comenzar a lidiar con ella—con todos los retos y dificultades que eso implica. Algunos temen que ese reconocimiento incremente el número de homosexuales, y me imagino que más de uno de ustedes ya escuchó esa frase infame: “una vez que aceptas a los homosexuales empiezan a salir de las coladeras”. Es cierto que reconocerlos hará que se sientan más presentes, pero no porque se vayan a multiplicar por generación espontánea, sino porque por primera vez les prestaríamos la mirada.

En otras palabras, abrirse o no a los homosexuales es irrelevante por la simple razón de que siempre han estado adentro: en nuestras familias y hasta en nuestro colegio, mucho antes de que descubran su orientación sexual. Así que la verdadera pregunta es si van a estar en nuestras vidas. Un ejemplo que me queda cerca: la Monte, donde estudié y hoy trabajo como profesor, está haciendo un espléndido trabajo en adoptar el sistema de educación IBO, que se toma profundamente en serio la formación de “una comunidad de alumnos diversa e incluyente”.6 Esto, lamentablemente, corre el riesgo de volverse pura palabrería; y no hay nada más dañino para la educación que la incongruencia. Mientras tanto, siguen existiendo serios problemas de bullyingrelacionados con los estereotipos homosexuales, hasta el punto de que es inimaginable que hoy un par de amigos expresen su cariño y hermandad con la libertad que lo hacían David y Jonathan en el Tanaj sin ser tachados de maricones. Así que mientras la institución comunitaria no se oponga activamente a la opresión y exclusión de ese grupo, esos problemas seguirán agudizándose, pues sin su apoyo no habrá fuerza que detenga el tremendo abuso psicológico que enfrenta un joven ante la más mínima sospecha de homosexualidad.

Corre por ahí el argumento de que el peligro de simpatizar con el mensaje de Guimel es que nos puede llevar a una progresiva depravación moral de la comunidad. Primero es Guimel, dicen, y luego será Dalet y todo el abecedario hebreo. Pero cuando Marcos Metta declaró en la entrevista que “lo más importante que tiene que prevalecer es el respeto”, y que “todavía hay mucho que hacer, pero estos son primeros pasos que se están dando”7 es claro que no se refería —como sostienen Rafael Zaga Tawil y Moisés Blanga Sefami— a una agenda secreta que terminaría impulsando el matrimonio homosexual en una comunidad de línea ortodoxa. Nuestro presidente no es ningún ingenuo. Me parece que Marcos se refería justamente a que el respeto elemental a la dignidad humana (kevod haberiyot)8, independientemente de nuestra preferencia sexual, es sólo el primer paso en la responsabilidad de amar a nuestros prójimos y de tratarlos con benevolencia.9No se trata de estirar los límites morales, sino de fortalecer su fundamento. Pero, como esta controversia ha dejado claro, aún hay que aprender el alef-bet de la ética y la moralidad.

Y me refiero a la moralidad ortodoxa, halájica: esa que utilizan como bandera quienes hoy promueven la exclusión y la homofobia. La Torá no sólo nos prohíbe angustiar u oprimir al extranjero (Shemot, 22:21 y 23:12), sino que nos obliga a amarlo como a nosotros mismos (Vaikrá, 19:33-34). Como ha observado el rabí Saul Berman, alumno del gran Rav Soloveichik, es interesante que en estas instancias no se especifica a qué tipo de extranjero o ger se refiere la Torá (al extranjero que reside sólo reside entre judíos —ger toshab—, o al converso que ha adoptado la Ley de Israel —ger emet); la razón, concluye, es que esas obligaciones deben cumplirse en ambos casos. Pero si debemos todos estos imperativos éticos a quien ni siquiera vive bajo la misma ley que nosotros, ¿acaso tenemos derecho a excluir a quienes son judíos como nosotros? En efecto, sería difícil imaginar que las opiniones de nuestros talmudistas, que hicieron de las acciones el corazón de su sistema legal, pudieran legitimar un trato malicioso y desigual hacia un grupo basándose únicamente en sus preferencias. Después de todo, ¿acaso no fueron ellos los juristas cuyo genio interpretativo se avocó a construir un sistema de derecho que por un lado fuera profundamente sensible a quienes estuvieran en posiciones sociales desaventajadas (pobres y viudas, extranjeros y esclavos, huérfanos y ciegos), y que por otro luchara para limitar los abusos de poder de gobernantes y sacerdotes imponiéndoles restricciones especiales?

El rabí Ahrón Feldman, rosh yeshivá de la Yeshivá Ner Israel, consciente de la que ética talmúdica es una ética de la acción, escribe que “el judaísmo ve de forma negativa la actividadhomosexual, no al homosexual”.10 El rabí Jaim Rapoport cita con aprobación esta opinión en su libro Judaism and Homosexuality: An Authentic Orthodox View —libro que ha sido aclamado por su conocimiento enciclopédico de las fuentes, y nombrado una obra de gran erudiciónhalájica— 11 defiende la tesis central de que los homosexuales también son objeto del amor de Dios.12 Y aunque el rabí Rapoport, leyendo las fuentes tradicionales, reconoce que el sexo gay o lésbico es una transgresión muy severa,13 nos recuerda enfáticamente que la categoría a la que pertenece ese pecado —guilui haraiot— incluye perversiones sexuales que también podemos cometer los heterosexuales, lo que obviamente nos impide tratar con especial repudio a quienes son susceptibles de incurrir en las mismas faltas que nosotros.

Sorprende entonces que la razón principal que da la Mesa Directiva para distanciarse de la opinión personal de Marcos Metta es que nuestra comunidad se define a sí misma como “ortodoxa tradicionalista”, con apego a los “lineamientos halájicos, guidados por nuestra sagrada Torá”.  Y es que la tradición judía no nos da fundamento alguno para excluir o simplemente ignorar a quienes forman parte de una minoría de nuestro pueblo. Por el contrario, la Halajá nos obliga a amarlos y respetarlos por el simple hecho de que son nuestros prójimos.

A menos, claro, que lo que estuviera tratando de proteger no fuera la Halajá ni las tradiciones comunitarias, sino una actitud y un estatus social cimentados en prejuicios personales. Porque la realidad es que si hubiera una preocupación auténtica por el nivel de ortodoxia de la comunidad, antes que por la aceptación de los homosexuales estaríamos escandalizados por el grado promedio de observancia religiosa de sus integrantes. Además, ¿cómo puede ser un precepto de la tradición comunitaria algo que a penas ayer comenzamos a discutir? La glorificación de valores y costumbres de un pasado heroico para justificar ideas de pureza y homogeneidad social en el presente es, y ha sido siempre, una práctica de manipulación ideológica de los regímenes autoritarios.

Si esto es el caso, como nos advierte el Dr. Daniel Rynhold —profesor de filosofía judía en laYeshiva University—, es importante que dejemos de esconder “el prejuicio y la homofobia detrás de una apariencia de respetabilidad halájica”.14  Tomar la Torá que estamos obligados a sostener como un ejemplo de justicia ante las naciones, y utilizarla en nombre de la exclusión y la intolerancia equivale a difamar su santidad y a denigrar el nombre del pueblo judío.

Algunos nos hemos expresado en favor de la diversidad social e intelectual al interior de nuestra comunidad, así como del derecho y el valor de que Marcos Metta haya expresado su opinión personal en Guimel. Pero esas críticas han sido, en el mejor de los casos, descalificadas sin argumentos matizados y puntuales; en el peor de ellos, simplemente ignoradas por considerarse ajenas al verdadero espíritu institucional de la comunidad. No me sorprende: otro de los síntomas de la inmadurez para el diálogo es el descrédito automático de las opiniones distintas, la sensación de que ni siquiera vale la pena escuchar a nuestro interlocutor. Pero los que defendemos la inclusión y la pluralidad no lo hacemos con la intención, como ha sido sugerido, de derramar y corromper la sangre de nuestra comunidad utilizando palabras bonitas. Lo hacemos porque tememos que el flujo de esa sangre se vea paralizada por la proliferación de dogmas y estereotipos irracionales; y porque creemos que religiosa, moral, y socialmente, defendemos una posición perfectamente razonable.

¿O no es acaso razonable querer vivir en una sociedad en donde no sucedan  tragedias como la de Alan Turing?, ¿en una sociedad donde un individuo no se reduzca a una orientación sexual?, ¿en donde los miedos y discriminaciones no se escuden tras una verdad que va en contra del espíritu crítico, plural y humanitario de nuestra Torá?, ¿en una sociedad donde la historia judía sirva como lección de las consecuencias fatales de la exclusión y la intolerancia?, ¿una sociedad en la que uno pueda estar seguro de que si tiene un hijo o hija homosexual,  no va a ser abusado(a) o abandonado(a) a su suerte por la propia comunidad a la que pertenece?

Quizás hoy representemos a una minoría, pero, como escribía el rabí Berman en 1973, “relegar las voces entusiastas a una minoría no significa que podamos, o que estemos autorizados moral y religiosamente, simplemente ignorarlas. Las minorías de una generación tienden a convertirse en las mayorías de la siguiente. Los dedos que indican injusticias evidentes a menudo parecen transformarse en puños que golpean a través de los muros de la resistencia a la rectificación.”15

Decía el Rambam que para trabajar hacia el perfeccionamiento de nosotros mismos es importante desarrollar actitud positiva hacia la crítica.16 La mitzvá de tojajá consiste en señalarle una falta a nuestro prójimo. Mientras que lo más natural para nosotros es evitar la amonestación para prevenir enojos y rupturas, la sabiduría de esta mitzvá consiste en recordarnos que la falta de crítica puede degenerar en apatía y paralizar entonces nuestra capacidad para corregir nuestras acciones. “¿Cuál es el camino apropiado que debe tomar una persona? —pregunta Rebbi—. Amar la crítica, pues mientras hay admonición en el mundo, un espíritu pacífico desciende sobre la tierra, la berajá viene al mundo, y todas las formas del mal son eliminadas de este mundo.”17 Por supuesto, para que eso se cumpla la crítica debe demostrar que proviene de nuestro cariño e interés por nuestros semejantes, y no de un deseo de despertar antipatías. Ojalá que en estas palabras se distinga el amor y la preocupación genuina que las motiva, y que así sean recibidas.

Fuente: Nuestro Babel


Jim Holt, “How the Computers Exploded”, The New York Review of Books, 7 de Junio del 2012.
http://www.cnn.com/2011/10/06/opinion/apple-logo/
El comunicado puede consultarse en http://msinai.mx/
Agradezco a Silvia Cherem por haberme sugerido hablar del grupo Retorno, así como a Abbey Hinich y Gilda Begún por sus valiosos testimonios sobre el nacimiento del proyecto.
Esto lo cuenta Mario Nudelstejer Toiber (director de Tribuna Israelita durante nueve años y de Comité Central durante once) en un artículo que publicó en Enlace Judío en septiembre de 2011: http://www.enlacejudio.com/2012/11/16/ventana-la-calle-ii-tras-los-bastidores-en-la-politica-comunitaria-adicciones/
http://www.ibo.org/es/mission/
El subrayado es de Rafael Zaga Tawil y Moisés Blanga Sefami, quienes transcriben parte de la entrevista en una carta a los directivos comunitarios (Jóvenes, Campo fértil y fácil de corromper!!).
Véase la Declaración de principios sobre el lugar de judíos con orientación homosexual en nuestra comunidad, citada por Silvia Cherem, que ya para enero de 2012 había sido firmado por más de doscientos rabinos, educadores y profesionales de la salud ortodoxos: http://www.statementofprinciplesnya.blogspot.mx/
Está escrito en el Pirké Avot (comentario a la Mishná 15) que “nuestro temor a Dios debe reflejarse en nuestra actitud hacia los demás hombres sin distinción de raza, posición social o creencia religiosa. Pues el que teme a Dios respeta en todo hombre la imagen del creador.”
10 Aharon Feldman, “A Personal Correspondence,” Jewish Action 58/3 (primavera 5758/1998), p. 69.
11 Véase, por ejemplo, la reseña del Dr. Daniel Rynhold titulada “Compassion and Halakhic Limits: Judaism and Homosexuality: An Authentic Orthodox View by Chaim Rapoport”, que apareció nueve siete años en la revista ortodoxa The Edah Journal (5:1, Tammuz 5765).
12 Rabí Jaim Rapoport, Judaism and Homosexuality: An Authentic Orthodox View, Vallentine Mitchell, Londres, 2004, p. 43.
13 A diferencia de la prohibición del sexo gay, que aparece en la Torá (Vaikrá, 18:22 y 20:13), la del sexo lésbico no la encontramos sino hasta el Shuljan Aruj: “Para las mujeres está prohibido frotarse la una a la otra en posición de relaciones sexuales” (Even Haezer, 20:2).
14 Op. cit., p. 4.
15 R. Saul J. Berman, “The Status of Women in Halakhic Judaism”, Tradition: A Journal of Orthodox Jewish Thought, Vol. 14:2, 1943.
16 Hiljot Teshuvá 4:2.
17 Tamid, 28:3.

 

Fuerte y claro: Silvia Cherem se une a decir ‘Yo Tampoco’

QUERIDOS MIEMBROS DE LA COMUNIDAD:

Ahora que la información y la desinformación se limitan a teclear un enter en una computadora, he seguido de cerca el polvorín de bandos antagónicos en que se ha convertido nuestra comunidad, enrarecida con ofensas y vituperios, con indignantes calumnias que, en su afán de linchar a Marcos Metta Cohen, rallan en la más burda de las intolerancias.

Cuando hace unos días vi por vez primera el video de Guimel —una muestra  respetuosa y prudente en el marco comunitario— pensé que era símbolo de la madurez que ha alcanzado nuestra comunidad, manifestando cuando menos apertura para abordar temas difíciles. Jamás me pasó por la cabeza que una invitación a la pluralidad, que se suma a las recientes leyes antidiscriminatorias que se han aprobado en nuestro país, y en gran parte del mundo, —la osadía de decir: “yo tampoco acepto la discriminación”—, provocara tal cacería de brujas, fuera una forma de equipararnos con los regímenes más oscurantistas y, especialmente, lanzara un dardo ponzoñoso para aniquilar a Marcos Metta, el presidente de la comunidad Alianza Monte Sinai. Sigue leyendo