Del miedo al amor – La historia de dos hermanos

Mi nombre es Moisés Sheinberg Frenkel. Comparto con ustedes la siguiente historia con el objetivo de que otros vean que no están solos y de evitar, en la medida de lo posible, sufrimientos innecesarios a otras familias.

No soy muy bueno para las fechas ni tengo muy buena memoria así es que mi relato seguramente será muy impreciso pero lo quiero contar según mis recuerdos, sin recurrir a nadie que pueda sesgarme. El día en que mi único hermano Beto “salió del clóset” fue por ahí de 1992 o 1993. Más que salir del clóset, al pobre lo sacaron casi a la fuerza y eso fue lo que más nos lastimó a todos, especialmente a él.

Yo tenía poco tiempo de casado, uno o dos años, cuando recibí una llamada de mi madre diciendo que a mi papá le habían dejado un papel en su coche, no recuerdo las palabras exactas pero decía algo así como “Beto Sheinberg es homosexual y me robó a mi novio”. notaenparabrisasMi primera reacción fue reírme pero mi mamá lloraba. Le dije a mi madre que no exagere, que seguramente alguien le quería hacer una maldad a mi hermano pero ella me dijo que mi papá lo confrontó y Beto le dijo que era cierto, que sí era gay.

A pesar de que nuestra familia fue siempre muy abierta y tolerante a las diferencias (de religión, de orientación sexual, de raza, etcétera) y de que yo tenía varios amigos abiertamente homo y bisexuales, me quedé helado cuando me enteré, por un tercero, de que mi hermano era gay. Sigue leyendo

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Sólo imagina — Relato de una mujer judía

Por Dra. Elisa Levy Tacher

Esta es mi historia pero, por un momento, sólo imagina que eres la típica niña judía. Creciste en el seno de una familia sefaradí, fuiste a una buena escuela judía. Atendiste a una tnuá. Creciste en las colonias Condesa, Narvarte y Del Valle. Tu círculo social y familiar ha permanecido constante durante la mayor parte de tu vida.

Tus problemas familiares varían desde el divorcio de tus padres hasta tiempos económicos difíciles. Entre los años 70s y 80s en tu círculo social, era común tener éste tipo de dificultades, así que, en comparación a otros amigos, tu situación no era crítica.

Imagina que tuviste una niñez y adolescencia llena de cariño. Imagina que eras popular en la escuela. Tu temperamento era fácil y llevadero. Tenías un círculo social sólido y sobre todo en los años adolescentes, fuiste muy feliz. Tu familia, la escuela y la tnuá te proveyeron del apoyo para desarrollarte como una joven inteligente, emprendedora, sana y fuerte. Tuviste la suerte de enamorarte de jóvenes buenos y experimentaste relaciones duraderas. Después de la preparatoria, te fuiste a viajar por Europa y viviste en Israel por un año. Pudiste comparar tu estilo de vida con el de otros jóvenes procedentes de otros países y concluiste que, te había ido bien.

Imagina que tuviste la oportunidad de estudiar en una Universidad privada donde sobresaliste como estudiante y te graduaste como psicóloga. Fuiste muy afortunada de tener increíbles oportunidades para ser exitosa. O sea, la primera licenciada en psicología en la historia de la familia.

Ahora imagina que un día conoces a alguien con quien eres compatible y pasas momentos inolvidables. Sus intereses son similares. Tu deseo de estar con esta persona crece por segundos y al final de la semana, cuando haces un recuento, se han visto diario. Te sientes plena y tu vida está llena de propósito. Las semanas se convierten en meses y la verdad es inevitable. Un día, por fin lo admiten. “¡Esto no es solo una amistad, ay caray, estamos enamoradas!”

Imagina que aunque tu presente es radiante, una nube negra se asoma. Te empiezas a cuestionar. ¿Qué me pasa? ¿Cómo le voy a decir a todos? ¿Qué voy a hacer con mis sueños de ser madre? ¿Ser lesbiana es una aberración? ¿Estoy enferma? ¿Puedo alejarme de esta relación? ¿Me seguirán queriendo a pesar de que amo a esta mujer? ¿Me aceptaran a pesar de que amo a una mujer? ¿Por qué soy así?

Después del cuestionamiento, se asienta el miedo y la paranoia. Imagina que tienes pavor de perder a los que más quieres. Tienes miedo de ser excluida. Tienes miedo del futuro. Fuiste criada con ciertos valores y expectativas que ahora se derrumban.

Entonces, decides que lo mejor es terminarlo todo. Tratas de romper con esta relación que te llena de satisfacción pero, no puedes. El dolor es tan agudo. Lloras por todo y por nada. Los que te aman te extrañan pero, no puedes verles y decirles lo que vives. Te sientes sola y aquella alta estima que tenías de la persona que eras, se desploma. Te culpas de todo lo que ocurre y tu relación con la mujer que amas se ve afectada. Ambas tienen miedo, ambas se sienten solas, desconfían de la gente y se sienten sucias. Ambas se van perdiendo.

Imagina que tu personalidad radiante y llevadera cambia y te vuelves evasiva y sombría. Antes compartías tus experiencias y eras clara con la gente. Ahora, lo callas todo y decides esconderte. Aunque tu relación continúa y la fortaleza de su amor las sostiene, la opresión social es inminente. Eventualmente, esta opresión se vuelve tu nueva realidad. Siempre estas sintiendo que vives una vida esquizofrénica donde por un lado, pretendes ser la mujer judía esperada, por el otro lado, estas con esta mujer que amas pero que nunca podrás presentarle a nadie.

La vida sigue así por años. A tus 28 años muere tu papá. Más eventos sociales donde pretendes ser alguien que no eres. Recibes más deseos de “Novia que te veamos”. Te hacen preguntas. “¿Tienes novio?” Hay otros que mencionan lo obvio…“Pero llevas años sin salir con nadie”. Tú sientes que no encajas, no cabes. ¿Qué respondes?

Tus amigas se han ido casando y están teniendo hijos. Tú deseas lo mismo. Tu sueño es formar una familia. A ninguna le has dicho que eres lesbiana. La idea de perderlas es impensable. Finalmente, la opresión es tremenda y te rompes. Ya no puedes seguir así. Tus relaciones se ven afectadas profundamente y no encuentras las ganas de vivir. Imagina que el dolor te lleva a preferir no estar viva. La posibilidad de terminar con todo es muy atractiva. Piensas que de alguna manera, es lo más fácil. Planeas como hacerlo. En Cancún, visitando a un tío decides que saltar al precipicio sería tan sencillo. ¡Un brinco y ya! Pero, no puedes. No lo haces.

Imagina que, decepcionada por tu cobardía regresas a la casa de tu tío y te desmoronas. Entre sollozos le cuentas todo. Tu tío te abraza y te dice que te ama y que no importa lo que seas. Regresas a México y le cuentas todo a tu madre. Ella se impresiona pero, te dice que no importa y que te ama. Les cuentas todo a tus hermanos y te dicen que no importa y que te aman. Poco a poco les cuentas a tus amigas. Ellas te dicen que te adoran y que no importa. Todos se entristecen al oír tu historia. Muchos te cuestionan… “¿Pero por qué elijes esto?” Tú, no sabes qué contestar. No tienes las respuestas, sólo sabes lo que sientes. No tienes idea. No lo puedes explicar. Para ti, amar a otra mujer es tan natural como lo es el color de tus ojos o tu estatura. Y tal cual, no tienes el control ni para cambiar tu estatura, el color de tus ojos o lo que sientes por esta mujer.

En algún momento, tu realidad se convierte en un problema familiar. Esta situación se tiene que disimular. Esta discriminación no solo te afecta a ti. Hay que pensar en tus hermanos y sus familias. Sobre todo en tus sobrinos. Hay que lidiar con la comunidad. Tu secreto eventualmente se va compartiendo y la gente susurra tu nombre con un adjetivo calificativo que implica aberración. “Elisa la lesbiana.”

Imagina que tu comunidad, la gente con la cual creciste y amaste, es la misma gente que habla de ti despectivamente. Todo lo alcanzado en la infancia y adolescencia no es suficiente para demostrar que eres un individuo de alta calidad. Una ciudadana productiva e impecable, con valores basados en el amor y la lealtad. Entonces te das cuenta de que permanecer en la comunidad es un suicidio social. Así que, discretamente, te sales.

La oportunidad de vivir en otro país se te cruza en el camino y la tomas. Corres, huyes a otro país dejando todo atrás. Tus sobrinos, tu familia, tus amigas, tu México, tu idioma, tu cultura, y tu comunidad.

Imagina que esta típica niña judía es tu hija, tu hermana, tu prima, tu tía, tu amiga, tu madre, o tal vez, eres tú. Esa mujer judía fui yo.

Esta mujer judía no es un objeto, no es un estereotipo, no es algo perverso, no es algo prohibido. Esta mujer judía es alguien que como yo, ahora mismo está sufriendo los efectos de la opresión con la que vive. Como lo fueron mis sueños, los suyos de tener una familia tal vez estén amenazados. Como los míos, sus sueños de vivir una vida plena tal vez se estén derrumbando. Como lo soy yo, esta mujer judía es cautelosa, calculadora, siempre pensando en las consecuencias de sus acciones, temerosa, tal vez deprimida. Piensa en ella desde esta perspectiva y entonces decide. ¿Qué haces? ¿La abandonas o la amas?

Elías escribe sobre su hermano gemelo y su mamá lo comparte orgullosamente

Quisiera compartir con la comunidad lo que mi hijo escribió para una de las aplicaciones a la universidad. Me conmovió mucho y le pedí permiso si lo podía compartir… Un poco de Elías y Jorge: son gemelos, nacieron en Los Angeles y ahora están estudiando en Syracuse (Elias) y Jorge en Adelphy (Long Island). Sigue leyendo

El precio de la felicidad

Por Fernanda Solís.* Es sumamente extraño que una tal Fernanda Solís escriba un artículo para Guimel, una organización que apoya a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales que viven dentro de la comunidad judía. Este no es mi nombre en realidad, soy judía, pero mi identidad permanecerá incógnita, al menos por ahora.

Sigue leyendo, tú podrías estar en la misma situación que yo.

Si ser judío no es fácil y ser gay tampoco, ser judío, ser gay y vivir sometido a una familia que en el siglo XXI sigue con una mentalidad medieval, es sumamente complicado. En esta ocasión, la experiencia habla. Hoy ya cuento con 23 años y estoy más que segura que soy lesbiana (de closet pero sí, me gustan las mujeres). LESBIANA, una palabra fuerte, que incluso personas homosexuales no son capaces de pronunciar. Yo en lo personal no tengo ningún problema. Lo que realmente si me genera un problema es cuando personas heterosexuales en vez de acercarse a preguntarme “¿eres lesbiana?”, me preguntan “¿es cierto que bateas para el otro lado?”, lo único que me dan ganas de hacer es darles un zape y contestarles que ni siquiera sé jugar baseball.

Hoy, contaré mi historia, un dramatismo digno de telenovela; es entretenida y no dudo que muchas y muchos se puedan identificar. A los 18 años decidí tener mi primera novia, Sigue leyendo

Para ti, que estás en el closet

Hola.

He decidido escribirte. No sé por qué, tal vez porque hoy estoy “celebrando” 10 años de salir de mi propio clóset privado. Cualquiera que sea la razón, escribí esto. Espero que lo puedas leer hasta el final.

A pesar de que fue hace 10 años, recuerdo con mucha claridad cómo era la vida en el clóset. Vas caminando por la calle. Chicos guapos pasan a tu lado, pero no puedes mirarlos – por temor a revelar tu verdad. Y sales con chicas, y no es tan malo. Algunas de ellas sospechan algo de ti, pero tu haces todo lo posible por ocultarlo. Puedes incluso exagerar tu masculinidad con el fin de convencerla. No es difícil engañar a una chica que está enamorada de ti.

Y te empiezas a confundir con tus propias mentiras. Crees que porque te las arreglaste para acostarte con ella, que tal vez, quizás, seguramente, tu no eres en realidad gay.

Y si te casas con ella y tienes un hijo con ella, ¡ya la hiciste! En realidad no eres gay.

Pero por la noche tus sueños te traicionan. Sigue leyendo

Los secretos

Nuestro paso por esta vida es demasiado efímero como para ignorar aquellas cosas que nos duelen, que nos amenazan, o que preferiríamos, por miedo, vergüenza, comodidad, no mencionar en voz alta.

Cuando acallamos las verdades que nos sacuden, jugando a que no existen, las pobres, impotentes, amordazadas, acaban por depositarse en la médula ósea de nuestra vida. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, hartos del encierro,estos secretos empiezan a buscar diferentes modos de salir de la prisión.
Y así, vengativos, los secretos comienzan a desquitarse con lo más preciado que tenemos: nuestra salud, nuestra alma, nuestro equilibrio emocional.

Son los secretos que más celosamente guardamos, los que nos carcomen por dentro, los que nos humedecen las manos con un molesto sudor, ―gélido, pegajoso y desagradablemente persistente―, que no es otra cosa que el llanto del pesar que envuelve nuestro espíritu y que encuentra, a través de las glándulas sudoríparas, una vía de escape.
Porque llenos de prejuicios, estúpidamente perdemos la oportunidad de aprender y de enriquecernos, ―a nosotros mismos pero también a los demás―, sin sospechar que cuando por fin nos atrevemos a romper el silencio, destapamos nuestras venas y la sangre fluye: fluyen los sentimientos, fluye la libertad.

Cuando optamos por ponerle nombre a las cosas, en realidad salimos del clóset directamente a la vida y la enfrentamos con la cabeza en alto, declarando ―tímidamente al principio, luego sin empacho―:
― “Mi hijo es gay, ¿Y qué”?

Como muchas otras madres y padres de hijos GLTB, pasé por el proceso de entrar al armario en el instante mismo en que mi hijo salió de él ante mí: Tenía dieciséis años, y hacía ya algún tiempo que la sospecha anidaba en nuestros corazones; el mío y el de su padre, que aunque tratábamos de ser lo más abiertos posible y de no dejarnos llevar por los estereotipos, no podíamos dejar de notar que nuestro adolescente era “demasiado sensible”, “demasiado frágil”, “diferente”.

Aquella mañana llamé a mi marido histérica.
―Tienes que venir rápido, encontré “material pornográfico” en la computadora.
Y aclaré:
―Pero no es lo “normal”, es diferente. No puedo explicártelo por teléfono, ¡por favor deja lo que estés haciendo y ven!
Las imágenes seguían allí, en la pantalla, escandalosas, exhibiéndose ante mí. Desafiándome. Había fotos de parejas homosexuales besándose, tomados de la mano, abrazados. La mayoría eran muchachos en ropa interior, posando en posturas sensuales.

―¿Crees que esto sea algo pasajero? ¿Será curiosidad?―
Mi marido iba borrando las direcciones de internet, una tras otra. Yo trataba de ser racional:
―Quizás no deberías borrarlas, es como una invasión a su intimidad.
―Pornografía es pornografía, y no me parece aceptable que en la computadora que comparte con su hermana y contigo…
―No me acuerdo que el mayor tuviera este tipo de fotos, tenía pornografía, si, pero de mujeres desnudas, de parejas haciendo el amor, “normal”.
Y su hermana, pues no, en sus archivos no tenía fotos de mujeres. Ni desnudas ni semidesnudas, ni besando a otras mujeres… qué es esto?

Cuando unos días después dejó “olvidada” sobre su cama la revista, entendimos que había llegado el momento de hablar con él. Teníamos claro que lo más importante era apoyarlo, asegurarlo, demostrándole que nuestro amor es incondicional. La revista era una publicación para jóvenes gay, llamada: “How to Come Out to Your Parents”, que leímos ávidamente con una extraña mezcla de alivio y de tristeza, mientras las lágrimas fluían copiosas, arrastrando con ellas las sospechas, los temores, los prejuicios, los miedos, ―y una luz nueva, interior, empezaba a iluminar nuestros primeros pasos por el closet que nuestro hijo había abierto ante nosotros, con la esperanza de que lo aceptáramos y no dejáramos de amarlo, invitándonos a crecer con él:
― Papá, Mamá, soy el mismo de siempre, sólo que ahora saben algo que antes no sabían.

Desde ese día han pasado más de diez años. Hemos aprendido que el proceso es largo, que hay momentos difíciles, ―como la primera vez que trajo a su novio a dormir―, que ser homosexual no es una elección, que no es algo pasajero, y que va mucho más allá de la relación carnal.

Deseamos lo que cualquier padre; que nuestro hijo se enamore, se case, sea feliz. Queremos tener la dicha de tener nietos suyos.
Sabemos que hay mucho por hacer. La lucha contra la homofobia y a favor de los derechos de los LGTB nos concierne a sus padres y a sus hermanos. Para eso es la familia.

En eso estamos.

Invitamos a otros padres, hermanos y demás familiares a hablar de lo que sienten. En Guimel hemos creado un espacio seguro y discreto para compartir nuestros sentimientos, dudas, preguntas… ¡No estás solo! Contáctanos.