El precio de la felicidad

Por Fernanda Solís.* Es sumamente extraño que una tal Fernanda Solís escriba un artículo para Guimel, una organización que apoya a lesbianas, gays, bisexuales y transexuales que viven dentro de la comunidad judía. Este no es mi nombre en realidad, soy judía, pero mi identidad permanecerá incógnita, al menos por ahora.

Sigue leyendo, tú podrías estar en la misma situación que yo.

Si ser judío no es fácil y ser gay tampoco, ser judío, ser gay y vivir sometido a una familia que en el siglo XXI sigue con una mentalidad medieval, es sumamente complicado. En esta ocasión, la experiencia habla. Hoy ya cuento con 23 años y estoy más que segura que soy lesbiana (de closet pero sí, me gustan las mujeres). LESBIANA, una palabra fuerte, que incluso personas homosexuales no son capaces de pronunciar. Yo en lo personal no tengo ningún problema. Lo que realmente si me genera un problema es cuando personas heterosexuales en vez de acercarse a preguntarme “¿eres lesbiana?”, me preguntan “¿es cierto que bateas para el otro lado?”, lo único que me dan ganas de hacer es darles un zape y contestarles que ni siquiera sé jugar baseball.

Hoy, contaré mi historia, un dramatismo digno de telenovela; es entretenida y no dudo que muchas y muchos se puedan identificar. A los 18 años decidí tener mi primera novia, Sigue leyendo