Mi amigo: mi peor enemigo Por Jay

Hace unos días leí “La banalización del mal y el silencio de los hombres buenos”, de Benegas & Blanco.
En resumen, habla de cómo muchas personas que apoyaron y trabajaron dentro de la Alemania Nazi no mataron a nadie. Era gente “común” que laboró muy eficazmente y llevó su vida sin ninguna pesadez en el corazón, pero ¿cómo es que fueron capaces de trabajar con ahínco para ayudar a la mecánica de la solución final?
Para poder entenderlo la filósofa Hannah Arendt nos explica el concepto de “banalización del mal”, es decir, la conversión de las malas acciones en una mera rutina.

Después de leer este artículo reflexiono sobre los hombres y mujeres de hoy, 2017, que hacen el trabajo sucio de instituciones que usan como estandarte su “moralidad” contra sectores de la sociedad. Hay personas en dicha situación que cumplen como autómatas las órdenes, las ideas de odiar, de repudiar y de agredir tanto la existencia corporal como la legal de otros seres humanos.
A lo largo de la Historia los odiados fueron los que se veían diferentes al resto del grupo, que ejercían otra religión o que estaban de un lado distinto del esquema político.
En un mundo sin memoria en el que se avalan crímenes de antaño que dejaron millones de personas muertas, se cierran los ojos y la barbarie continúa. Algunos cuantos salen a decir oraciones y rezos para los medios de comunicación pero con sus acciones perpetúan la discriminación montándose en el caballo de la “moralidad” y de lo que es “correcto”.

Con horror vemos cien hombres desaparecidos en Rusia por ser homosexuales, miles de mujeres heterosexuales y transexuales desaparecidas y asesinadas en México, cientos de muertos en Siria por el uso de armas biológicas, miles de muertos víctimas del terrorismo…
Vemos con dolor a religiosos gritar en nombre de su Dios y al mismo tiempo promover el uso de terapias para “cambiar” a las personas porque tienen una orientación sexual diferente a la suya.

No se dan cuenta de que vivir en paz es parte de ser iguales dentro de la sociedad. No ven que todos tenemos el derecho a la felicidad y creen que sólo ellos tienen esa oportunidad. Siguen los dogmas escritos, las frases hechas, las consignas basadas en estereotipos que únicamente les muestran la parte conveniente de la razón sin ninguna comprensión cabal del pasaje donde están insertos o sin tener noción o la disposición de discutir quién los escribió, por qué y con qué finalidad. Cuando dichos pasajes de la Tora se repiten sin todo este conocimiento hace que se convierta en un ente muerto y la Tora está muy lejos de serlo. A diario se renueva, a diario vive y late en la sociedad cambiante, porque -como ha explicado el rabino- es en la Tora donde Dios habla por primera vez pero no es la última, lo sigue haciendo a través de los libros de Psicología y de Medicina donde han mostrado que las personas homosexuales simplemente son y no se hacen (así que no hay nada que se les pueda “quitar” a través de terapias o con el destierro).
Dios habla a través de científicos, de estudiosos que ponen otros ejemplos similares como que nadie dicta a otros si son zurdos, si serán futuros calvos o simplemente de qué color tienen los ojos.
De la misma forma, ni los heterosexuales ni los homosexuales pueden explicar cuándo eligieron serlo; los segundos sólo podrán decir cuándo decidieron salir del ocultamiento por temor no a Dios sino a los seres humanos que se sienten con el derecho de juzgar.

Estamos a unos días de la festividad PEISAJ (Pascua judía), donde se celebra la libertad, que el pensamiento es libre, que tiene las puertas abiertas a conocer, educarse y, ante todo, la libertad de ser un individuo que se compromete con fundamentos perfectamente claros y precisos.
El desacreditar a unos por ser diferentes, el quitarles la libertad de ser y sobre todo la libertad de participar en el culto del que nacieron es igual que perpetuar a esos que hicieron su trabajo sin pensar contribuyendo a la banalización del mal.

Los líderes deberían tomar la religión para construir y reforzar el puente del entendimiento y el amor entre las personas y su religión, hacerla más humana, una herramienta que ayude a quitar el pañuelo con el que ven al otro como una amenaza, entender que lo diferente a mí no tiene por qué darme miedo y, sobre todo, ver a las personas como son y no como yo quiero que sean. La aceptación de que hay personas diferentes a mí no me quita nada, al contrario, me da más porque aprendo a vivir en un mundo enriquecido por la diversidad.

No banalicemos el mal. Convivamos desde el amor, el agradecimiento y la apertura con todas las personas que han aportado al mundo, que utilizan los avances tecnológicos para la mejora de la Humanidad y con los que hemos reído o cantado.
A todos ellos hoy, vísperas del Peisaj, les deseo que busquen conocimiento, que lean y que recurran a verdaderos profesionistas que les hablen de sexualidad y género para que logren ampliar su visión del mundo.
A todos los que sufren de violencia familiar, acoso y viven con temor, les deseo que sean libres y puedan caminar de la mano de la persona que quieran, que puedan amar abiertamente, que puedan estar en templos y participar en los ritos que cualquier judío hace por el simple hecho de ser judío.

¡Que tengan TODOS un excelente Peisaj!

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